El Oficio de los Caminos Cruzados

Brujería Tradicional Europea: usanzas, leyendas, praxis, poesía

Las Labores del Herrero

 

 

 

“El Diablo y el Herrero son buenos amigos”.

 

-Proverbio escocés

 

 

Mira al herrero, que toma en su mano el martillo y sobre el yunque inmóvil, toma una pieza de hierro y la transforma. El calor transforma el metal inflexible, lo hace maleable y le da nuevas formas; el artesano emula al Herrero celeste que toma la substancia engendrada por la Vieja Madre y le da una forma nueva. La Dama procrea, y el Padre crea. Ella forma, él transforma. Él es el calor que funde el metal, ella es el frío que define la nueva figura. Pero ¡cuidado! Que la transición debe ser cauta. Coloca un trozo de hielo sobre la espada recién forjada, y se quebrará el hielo; hunde la espada caliente en el hielo, y se hará quebradiza. Encuentra el camino vertical de los metales, y templa.

 

Muchos en la Provincia miran al herrero con recelo, temen su don pues sospechan en él una maldición. ¿No es el forjador de las armas que derraman la sangre? ¿No es el cimiento de la guerra, la invasión y la conquista? Mas la espada que asesina, defiende; la cadena que esclaviza, resguarda; el clavo del ataúd, sostiene la puerta de la casa. El guerrero es poderoso por su destreza con la espada; pero es el herrero quien le entrega su arma, quien forja su cota y su armadura. Y el fruto del martillo no es sólo para el combate, pues el mejor arado mejor habrá sido fraguado; la herradura es la salvaguarda del ganadero y del viajero; la campana es la voz del pueblo.

 

Se rumora que en el pasado, las fraguas eran consagradas con vidas humanas –la leyenda de Hiram conserva un rezago de esta idea-; ignoro si alguna vez, en tiempos primitivos, algún pueblo hizo esto, aunque la humanidad siempre ha sido pronta a truncar sus propias vidas. Pero más allá de lo literal, La criatura gestada en el vientre de la tierra –el mineral recién extraído- es el alimento y materia prima de la forja. Así como nosotros mismos somos la materia prima de la Forja del Maestro. En la sangre de la serpiente se templa la daga, y en las lágrimas de la Dama se templa el espíritu.

 

El miedo es el efecto del calor que te invade, cuando amenaza con fundirte; pero si lo acometes, y sigues adelante, y te entregas al golpe del martillo, tu espíritu será reconformado, pasarás de ser una pieza de mineral en bruto a ser una hija de filo templado. Tú eres la piedra celeste cuya esencia revela el martillo; tú eres el fruto de la veta que florece sobre el yunque. La primera hija te enseñó a brindar calor y refugio, nutrir y proteger, a tus hijos con el Fuego; el primer hijo te enseñó a tomar en tus manos el martillo y las pinzas, y emular al Maestro, para tomar el metal obsequio del firmamento y escapado de bajo las colinas, y crear aquello que tus hijos necesitan.

 

La daga, con la cual tallas las señalas y marcas, cortas las cuerdas y divides las ofrendas del Sacramento Rojo, es tu daga pero también es la Daga del Maestro, la que él forjó a partir de metal arrojado del cielo, gestado en el abismo, con las llamas celestes y los fuegos bajo la tierra, hundido al pie del árbol, alzado entre las ramas hacia la noche. Si has aplicado las Labores del Herrero, algo de tu sangre derramaste al forjar su hoja, para que la serpiente se enroscara en su interior; si no, has entregado unas gotas a su filo, para compartirla con ella y con la tierra. El mediodía es momento para dar al metal el golpe del martillo, como también la medianoche durante el ciclo hacia la Luna llena. Por nueve noches templaste la hoja y la bañaste de plata nocturna, por siete días la templaste y la hundiste en el oro que esparce el Sol. Y tres veces pusiste en el hierro algo de tu sangre, y la Serpiente despertó bajo la Rueca. Hasta la Luna negra dormitó tu daga en el seno de la tierra, en el patio de la iglesia, y entonces la despertaste con tu aliento, la Llama entre los cuernos y el Sacramento Rojo.

 

Son éstas las Labores del Herrero, y mientras éste trabaja en Su forja, los destellos del golpe del martillo revelan vislumbres del rostro sonriente del Viejo Divell, entregado a su oficio preferido.