El Sendero de los Caminos Cruzados
“No se trata de nosotros; se trata de las Labores, de que no se pierdan”.
-Edward Gowdie
¿Dónde comienza este sendero? En la mano de una vieja Dama, muy humana, muy sabia, que portaba consigo un hilo rojo intenso; un hilo que puso en la mano de un joven quizá muy ambicioso, quizá con demasiada terquedad. Él caminó lejos con el hilo en la mano, pasó de ser un jovencito soplando a las brasas a ser el portador del carbón, el que usó el Fuelle, el que blandió el Martillo y las Pinzas para trabajar sobre el Yunque, el que marchó al borde del Río en los Caminos Cruzados. Este joven vuelto hombre puso el hilo en otras manos, como había prometido hacerlo; pero algunas manos lo arrebataron y quisieron urdir tramas distintas, otras manos flaquearon, la envidia y el rencor ardieron, y encendieron las hogueras.
Él intentó aferrar el hilo para protegerlo, con toda su tenacidad pero sin saber cómo remediar su error; dio su vida por preservarlo, pero el hilo se opacó, se marchitó, se deshebró de manera irremediable. Su rojo intenso y encarnado se volvió el pálido marrón de una costra seca, pero algunos no soltaron este hilo macilento, lo guardaron, lo atesoraron y lo dieron a sus hijos. Dispersos, no hubo más Asambleas, los Covens ya eran un recuerdo narrado por las noches a los niños que eventualmente recibirían el legado de las hebras dispersas del viejo hilo. La Sangre se diluyó, la memoria se nubló, mas las hebras pasaron todavía, de mano en mano, de boca en boca, y cada vez que la transmisión era hecha, por un instante, cuando la mano madura y la mano más joven se tocaban, el hilo resplandecía sólo un instante con la gloria de su intenso rojo del pasado.
Y en lugares dispersos, en hogares diversos, donde ya no había Coven, aun había intimidad de familia; donde ya no había un patio de iglesia sembrado de losas para marchar la Ronda, aún había un hogar. Como había sido siempre, como siempre sería. Y ante el hogar de la chimenea, allí donde ningún ojo extraño podía mirar, el Fuego se encendía discreto; donde ningún oído ajeno podía escuchar, la Palabra era susurrada. La Sangre fluía en las venas, uniéndolos; y el hilo era tan rojo como ella en las manos unidas de una familia.
Hasta que llegó un tiempo, más adelante en el Río, cuando un hombre soñó con las viejas campiñas, con las antiguas Asambleas, con los Días Rojos… y con el Maestro que marchaba por los Caminos Cruzados. Este hombre vivía muy lejos de las campiñas del norte, a un océano de distancia de ellas, y a cuatro centurias de aquel joven que un día había recibido el hilo rojo en sus manos entusiastas. Hablaba otra lengua, habitaba otra nación, estaba lejos… pero buscaba incansable la manera de encontrar una senda que lo condujese al Cruce de Caminos. Intentó, guiado por estudios e intuición, reunir fragmentos de hebras dispersas que se remontaban a la Toscana e hilar, con sus dedos, un hilo propio bajo la luz de la antorcha de Hécate… un hilo de plata que se antojaba débil, pues algunas hebras denotaban un gris de alpaca en su intento de argento. Pero seguía intentando.
Un día, halló escritas unas viejas palabras, unas palabras que habían sido pronunciadas muchas veces en las Rondas en Torno de la vieja campiña del norte, hace tanto y tan lejos. Y el hombre cantó esas palabras en la Ronda, y su llamada incierta fue escuchada. Hizo al fin un contacto, una solicitud confusa fue escuchada y atendida, llevó a cabo un compromiso; se salvaron distancias y sortearon impedimentos de idiomas, tiempo y distancias para transmitir lo transmisible, para despertar en él la Sangre aun cuando no había nacido dentro de una Familia que preservara Sangre, Hilo, Fuego y Palabra.
Y llegó el momento de hallarse ante el Maestro, ya no en sueños sino en el corazón de la Ronda, encarar y absorber sus terrores y emprender el descenso hacia la Forja, con un hilo en su mano que había brillado con intenso y vital rojo al momento en que una Dama lo puso en su mano por primera vez.
El hombre regresó de la Forja, con la Marca en su frente, con la Palabra en su aliento y con el Corazón en la Mano, y emprendió las tareas que tenía por delante, de ambos lados del Cerco. Y al concluir, miró el hilo en su mano y vio que el refulgente rojo que recordaba era ya opaco, y adquiría tintes de plata. Y era porque lo había recibido sorteando obstáculos de tiempo y distancia que la transmisión del hilo había bastado para que él lo recibiera, mas no para preservar su roja intensidad.
Entonces la voz de la Dama del Pie de Oca se hizo escuchar, y una mujer de quienes caminaban al lado del hombre, en busca de su propio sendero, la escuchó también. Y a pesar de la razón que protestaba, a pesar de lo incierto de las circunstancias ahora que la dama que había admitido al hombre estaba lejos y había cesado de instruirlo, esta mujer puso su mano sobre la mano con que él sostenía el hilo; luego él permitió que lo tocara, y cuando estuvo entre los dedos de ambos, un rojo destello los alumbró. Un destello que aún no era firme, pero que ardía como una brasa aguardando el soplo del Fuelle en manos del Herrero.
Y las pisadas de ambos enrojecieron la Ronda en Torno, allí donde se cruzaban los Caminos del Fuego y la Serpiente…
Regresar a El Oficio de los Caminos Cruzados, o regresar a El Grimorio de Black John