El Oficio de los Caminos Cruzados

Brujería Tradicional Europea: usanzas, leyendas, praxis, poesía

De Clanes y Covens

 

La "comunidad brujeril" en el pasado

 

 

Los brujos modernos encajan de manera a veces incómoda con el movimiento generado por el neopaganismo, un movimiento que actualmente involucra a numerosos grupos paganos reconstruccionistas y a muchos brujos de corte tradicionalista, el cual comienza claramente con la presentación en sociedad de Gerald Gardner. Bastantes, muchísimos, brujos hay que permanecen al margen de todo esto; usualmente aquellos que lo son de familia, los que no exploraron ni buscaron ni se apartaron de su religión original como muchos aquí hicimos sino que o bien nacieron en el seno de una familia de brujos y les correspondió ese legado de entre todos sus hermanos, o de alguna manera se integraron a una corriente brujeril al margen de todo el aparato de difusión impresa y mediática que constituye la infraestructura del mundillo neopagano. En su mayoría, es gente de pueblos y a veces de ciudades, que sencillamente llevan sus vidas como cualquier persona, pero además practican el viejo Oficio. Pero las cosas no siempre fueron tan tranquilas.

 

En Europa las cosas se resolvían en trastienda. Y el ámbito rural era la trastienda. Una trastienda inmensa para unas pocas ciudades y, en algunos lugares, para unos feudos tardíos que por cualesquiera otros nombres, no dejaban de serlo. Estoy seguro que sabes a lo que me refiero; pequeños feudos, y no tan pequeños, los hemos tenido aquí en México. Hay más en común entre nuestros hacendados y algunos lairds de lo que podría suponerse. Y en las incipientes ciudades, pueblos grandes infiernos más grandes, más ocurría de lo que podría pensarse.

 

En esa época que los neopaganos llaman pintorescamente "Tiempos de la Hoguera", como ya sabemos, ni hubo tantas hogueras ni fueron victimados tantos brujos. Pero en efecto hubo un tiempo, no de persecución sistemática a los brujos, pero sí de clandestinidad. Los enemigos en esos días no eran los agentes del ya mitológico Santo Oficio; las cosas eran mucho más complicadas.

 

Había, como muchos saben, "cazadores de brujas" de profesión, como el infame y fraudulento Matthew Hopkins, "Witch Finder". Aun así, muchos brujos –por definición actual- estaban perfectamente a salvo, y eso sin guardar ninguna discreción acerca de sus prácticas, por la sencilla razón de que no se les conocía como brujos ni se autodenominaban así. Los Cunning Men y Cunning Wives, los Pellars, los practicantes de diversas formas de curación, eran respetados y dejados en paz; los brujos eran los enemigos, los que causaban el mal, y Pellars y Cunning Folk eran quienes salvaguardaban a las personas contra las argucias de los brujos.

 

Sin embargo, como ya he comentado, soy de la opinión de que entre éstos hubo algunos que sí se identificaban como brujos, pero claro, únicamente entre ellos mismos, ¡no iban a proclamarse tales y atraer sobre sí los ojos de la ley! Algunos Cunning Men que practicaban la Brujería.

 

Abandonemos el terreno de los hechos comprobables y vayamos al ámbito de lo meramente posible; de aquello que ninguna crónica ha consignado… pero se dice.

 

Tiempos duros, más rudos, menos civilizados. Al norte de las Islas, el medioevo no retiró sus viejos dedos secos cuando murió. Sin embargo, los cambios se sucedían, para bien y para mal; cuando la reforma se extendió por Europa, aun las zonas menos accesibles resintieron los embates. La violencia de los Covenanters que en un afán de seudomodernidad se aferraban a principios doblemente obscurantistas agobió a muchos. Las leyes insanas de un rey paranoico que sufría un temor irracional a la brujería dejó un arsenal de recursos legales contra no sólo brujos sino muchas otras personas que no se ciñeran a los cánones aceptables, y los mismos que atacaban la ortodoxia católica se aprovechaban de la intransigencia de ciertos subterfugios legales.

 

Y en medio de esto, brujería.

 

¿Clandestinos? ¡Por supuesto! Pero seamos realistas; guardar un secreto en una comunidad rural, aun con distancias entre las viviendas del caserío, es una hazaña nada sencilla. Los brujos necesitaban recursos, prevención, protecciones.

 

Supongamos que algunos no tenían nada que temer; que sus remedios caseros eran bien conocidos y respetados. Otros, en cambio, no poseían una especialidad que los redimiera ante la comunidad. Quizá se reunían algunos en Covens –o Cuveens, si se prefiere, aunque recordaré que las brujas de las Highlands utilizaban la palabra "Coven" siglos antes que Margaret Murray o que Gardner-. ¿Cómo podría haber funcionado un Coven en semejante entorno? ¿Cómo llevar a cabo sus asambleas? Es bella y romántica la idea de los integrantes escabulléndose periódicamente para celebrar el Sabbat, pero como dije, guardar secretos en un pueblo pequeño no es nada sencillo.

 

Las asambleas, cabe pensar, no serían frecuentes; por lo menos las asambleas del coven entero. Con mucha mayor frecuencia, se reunirían dos, tres, cuatro, cinco brujos para tal o cual asunto; y las más de las veces, lo harían como una visita ordinaria entre vecinos, como un convivio inocente. ¿Brujería a puerta cerrada? ¿Y por qué no? Muchas confesiones hablan de ello, y aunque éstas por supuesto no prueban nada, sí indican que la idea no era extraña a la gente de la época. Más práctico es preparar el ungüento o tratar la efigie de alguien para sanarle o dañarle en la privacidad de una cocina bien implementada, que junto a la mayor de las hogueras en la cima de una colina como sugieren las leyendas.

 

El viaje al Sabbat ocurría a pesar de todo, y sin impedimentos físicos; pero al Sabbat bajo las Colinas, a donde no hay distancia. Pero las asambleas en carne y hueso, cuando tenían lugar, podían llevarse a cabo en lugares diversos, ya fuera en mitad de una arboleda o, en algunos casos, en el patio-camposanto de un templo para emprender la marcha al sitio designado… o incluso, a veces, dentro del templo mismo. ¿Cómo? Por supuesto, la total ignorancia del reverendo o su caída en "letargo misterioso" son patrañas; cuando el clérigo mismo no ostentaba doble devoción, algún acuerdo o tregua

había sido sellado, por la buena o por la mala.

 

Los brujos no sólo eran brujos; eran integrantes de la comunidad, en todos los sentidos. Un campesino tenía hierbas y arado a su disposición; una hilandera, guardaba un huso para otros fines; una comadrona bordaba un paño preparándose para el alumbramiento que pronto ocurriría… pero otros tenían ocupaciones menos ambivalentes: el comerciante que podía comunicar mensajes durante sus jornadas de trabajo, y llegar a intercambios menos comunes; el abogado que podía hacerse de valiosos clientes y endeudar a las personas idóneas.

 

¿Podía ser que ningún vecino viese nada? Por más eficaz que fuera la escoba colocada en el lecho como resguardo simbólico de la marcha furtiva, más de un vecino estaría a buena distancia para escuchar los ruidos de la asamblea -¿podemos imaginar una danza intensa que conduzca al trance con absoluto sigilo y en silencio? Las historias de la algarabía con flautas, gaitas y otros instrumentos no tienen por qué ser una fábula; nada más sencillo que convocar a una fiesta abiertamente y arreglar compromisos, visitas y contratiempos oportunos para que nadie salvo los que debieran ir estuvieran presentes; así, el pueblo entero podría saber del jolgorio, pero no de su verdadera naturaleza.

 

Ahora que, en los casos en los que el uso del suelo dos veces consagrado del templo, o de ciertas colinas redondas, fuesen necesarios, otras medidas podían tomarse. Un vecino agradecido por favores brujiles o mundanos podía hacerse de la vista gorda, o bien un terrateniente podía ser inducido a ceder ciertas propiedades más próximas al lugar en cuestión a determinadas familias. No siempre, claro, pero no se trataba de resolver los contratiempos para el próximo Sabbat como suele ocurrir en los encuentros o reuniones de los paganos modernos; los arreglos se hacían a mediano y largo plazo, el tiempo no presionaba a los brujos.

 

El Hombre Negro o Divell, y la Dama asumían sin empacho la tarea de orquestar los recursos de los diversos miembros del clan –no un clan familiar como los que antes mencionaba, sino un clan de brujos, aquellos que habitaban la Shire o Provincia. Pero ¿cómo estaba constituido este clan? Si la idea de Covens resulta inverosímil para historiadores e incluso para paganos asertivos, tanto más pensar en un colectivo más o menos organizado; eso empieza a oler un poco a Murray, y puede descartarse sin problemas… ¿o no?

 

Con toda desfachatez, voy a ignorar de nuevo toda necesidad de "evidencias", incluso de "factibilidad"; me interesa no tanto lo que resulta verosímil, sino lo que ciertos ecos reflejan, lo que algunos lugares recuerdan. Imaginemos un Clan de brujos. Lo que viene a la mente para algunos es un consorcio de Covens vecinos, regidos por su Divell y, en algunos casos, también (o alternativamente) por su Dama. Pero esto nos deja con un hipotético e irreal esquema de "equipos de trabajo" o Covens (¿de trece, para más inverosimilitud?) conformando las filas de un Clan en cada Provincia. Nada de eso; dejémonos de conceptos rígidos. Las fronteras de una Provincia en términos brujos eran adaptables; sencillamente, nunca habría habido un Clan por Shire ni nada semejante, esto suena más bien a escenario de juego de rol con sus "clanes vampíricos". Un Clan estaba constituido por los brujos que habitaran una cierta región o sus proximidades, sin importar los límites geográficos mundanos, y los brujos jamás han estado bien organizados ni lo estarán; muchos, la gran mayoría de los integrantes del Clan, habrían vivido solos (en cuanto a compañía de otros brujos), o con su pareja o familia; algunos tendrían unos pocos vecinos y amigos brujos con quienes colaborarían esporádica o regularmente, y otros más llevarían relaciones cordiales y solidarias con los brujos vecinos sin nunca unir fuerzas. Y claro, otros sencillamente se llevarían mal y guardarían distancia. Podría también haber brujos que no pertenecieran al Clan, o en algún caso remoto, que tuviesen lazos con otro Clan (acaso si se mudaron desde otras tierras), así como la inevitable situación de brujos enemistados por asuntos de Oficio o personales, lo que podía llevar a conflictos de cualquier tipo, e incluso a la jugada sucia de denunciar al contrincante.

 

No hablo de centenares de brujos, estas cosas en el mejor de los casos nunca habrían alcanzado gran número. Muchos brujos no sabrían de la pertenencia de otros al Clan; el Divell sería quien mejor sabría esto, y más de una vez habría impulsado acciones de unos miembros del Clan para protección o beneficio de otros integrantes, sin que unos y otros, se conocieran o no, supieran jamás de la identidad de los otros como practicantes de las Labores. Maneras habría de reconocerse entre sí cuando fuera necesario, o cuando existiera la sospecha de que cierta persona pertenecía y conviniese comprobarlo; y si esto suena un poquitín masónico, pues recordemos de dónde provenía un tal Anderson. Pero, de nuevo, la Masonería logró una notable y cuidadosa organización; este jamás fue el caso. De la relación entre ligas de oficios y brujería otros han hablado; dejo que cada quien se forme su idea de cómo podrían o no traslaparse con el concepto de los clanes.

 

Otra cosa me parece más interesante: un Clan representaría, salvo muy concretas excepciones, a los que participaban de una Corriente brujeril. Todos eran de la Sangre, por herencia o admisión o transmisión. Sin embargo, los términos de pertenencia eran muy laxos para nuestras ideas actuales, al tiempo que la praxis era mucho más intensa y honda de lo que la inmensa mayoría de los brujos paganos solemos pensar.

 

La cercanía con uno u otro de los diversos Reyes y Damas de las Colinas podía determinar una gran diversidad de prácticas. No todos seguían los pasos de la Cabra, no todos sabían atender el vuelo del Cuervo desde la cueva, no todos sabían las Labores del Herrero. Más que eso: como antes dije, alguien podría llegar de otras tierras y traer consigo su propia praxis, conociendo otros Espíritus, otros Reyes, y aun así acabar integrándose a la Corriente. Esto se habría facilitado, claro, entre los muchos grupos que reconocían al Herrero, por uno u otro nombre, como el Padre del linaje. Algún caso se pudo dar de unión por transmisión en un matrimonio, con una bruja de otras provincias y de otra Sangre –admitámoslo, los seres humanos somos regionalistas por naturaleza; aunque el sentido común políticamente correcto me dice que la Sangre Bruja es una, los brujos de viejo habrían reconocido la existencia de otras líneas de Sangre, si bien marcado la diferencia –lo que en la práctica no es tan errado ya que haya o no diferencia en la Sangre, la alineación con una determinada Corriente sin duda sería necesaria.

 

Así pues, la pertenencia a un Clan y/o a una Corriente (este último, claro, un concepto más moderno aunque me parece que habría sido entendible para algunos de aquellos brujos) no implicaba ceñirse necesariamente a un esquema riguroso de ideología y praxis. Alguien que, en términos modernos, tuviese una unión previa con otros Dioses o Espíritus, podía perfectamente seguir trabajando con ellos, pero a la vez reconociendo su vínculo con el Fuego de la Fragua y el Maestro, con el hilo de la Rueca en el Norte. ¿Cómo se daba esto sin caer ¡horror! en el eclecticismo? Con honestidad y congruencia, ante todo; con entendimiento, intuición y compromiso. Una respuesta única, un "método", no había ni hay; pero se hizo, se hace y se hará. Y sin eclecticismos insanos, aunque a veces el matiz pueda ser muy sutil para nuestra mentalidad clasificadora y rigurosa –pero ¿no es ese el caso con varios de los conceptos que he estado planteando hoy?

 

Muchos de los brujos del Clan jamás fueron parte de un Coven, y las personas con quienes colaboraban a veces no conformaron ningún grupo formal. Dependiendo del grado de integración o progreso en las Labores, muchos eran bienvenidos a participar en las Asambleas si tenían el deseo y la oportunidad. ¿Qué objeto tenía integrar a estas personas si aun así, el Clan estaba tan desunido? En realidad la desunión sólo sería aparente desde un concepto distinto de "Clan"; la unión no dependería de la asistencia o participación constante, sino de otros factores. Como ya he dicho, el número nunca fue elevado para nuestros estándares modernos, pero sí ofrecía bastantes ventajas: incluir personas de diversos estratos laborales, de varias poblaciones, de familias diversas, brindaba otras tantas oportunidades de velar por los intereses mundanos de los miembros del Clan, además de contribuir a la fuerza cumulativa que el número de adeptos trabajando ligados al Clan brindaba a la Corriente brujeril, lo cual se traducía en una fuerza mayor al alcance de todos aquellos que estuvieran vinculados a la misma.

 

Por desgracia, rivalidades y enemistades sí se daban, y no sólo con otros brujos sino en el ámbito mundano (de algún lado salió la estereotipada e irreverente belicosidad del personaje animado Willy el Escocés). También, se dice que no faltó algún Divell ambicioso de las Highlands noroccidentales que, aprovechando el poder político de su familia, quiso extender su Clan mucho más allá de sus alcances habituales, pero no sólo se habría topado con el regionalismo de sus provincias vecinas, sino con la desunión y descontrol que derivaba de apostar por cantidad antes que compromiso. Conflictos, tanto mágicos como físicos, se produjeron en ese caso, algo de sangre se derramó, unos pocos nombres fueron denunciados, y las ambiciones se dispersaron en otro episodio más de la época que significó el fin de los tiempos de los Covens, y casi la extinción de la brujería.

 

Por el lado más violento y menos memorable, el esporádico uso de magia "prohibida" -de alimentar fuerzas dormidas y convocar algún Feeorin sanguinario, del abuso de flechas élficas y de convertirse en Espíritus sedientos- fue también enfrentado por los brujos de los antiguos Clanes, así como las dificultades mundanas, los crímenes ordinarios, los cacicazgos de los Lairds, las guerras, las intransigencias de los Covenanters, la injerencia británica; asuntos muy humanos pero igual o más duros. En algunos casos, la adversidad había hecho necesarios reglamentos internos cada vez más rigurosos, lo que paradójicamente causaba lógica resistencia por parte de los siempre irreprimibles brujos, y a veces las dificultades internas pronunciaron el fin de un Clan, culminando en denuncias masivas, histeria y huidas solapadas. Algún Divell hubo, sin más recursos al estar enemistado con otro Divell vecino, que quiso aferrarse a las leyes del Clan para poder mantener la coherencia de éste cuando las diferencias personales empezaron a pesar y la perspectiva y las prioridades se perdieron; pero cuando los intereses personales de cada uno toman relevancia, el bien común se ve como amenaza y el Divell se volvió para algunos causa aparente de una decadencia de la que, como el resto, había sido parte y sus esfuerzos por remediarla fueron tomados por causa visible y conveniente de la misma.